¿Quién no es débil? Lo que pasa es que, a veces, uno se pone el disfraz de la fortaleza por vergüenza o por no bajar la guardia en la competitividad. Reconocer la propia debilidad es difícil, pero necesario, si se quiere la autenticidad. Claro que con la debilidad reconocida también se puede jugar al escondite consigo mismo y con los demás.

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